Marian Moreno Llaneza
Marian y la coeducación para la libertad
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COEDUCADORA
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Había una vez una niña llamada Marian, que nació en León, pero desde muy pequeña fue llevada a vivir con sus abuelos en un rincón del monte asturiano. Allí, entre árboles centenarios y ríos de agua cristalina, creció libre, sin más normas que las que le dictaba la naturaleza.
Sus días estaban llenos de aventuras: subía a los árboles con la destreza de quien no teme a las alturas, corría por los prados hasta quedarse sin aliento y jugaba al fútbol con sus abuelos, sintiendo que el viento y la tierra eran parte de ella. No había “cosas de niños” ni “cosas de niñas”, solo la felicidad de ser quien era. Pero cuando cumplió cinco años, sus padres decidieron que era momento de que regresara a la ciudad para vivir con ellos y sus hermanas. Al principio, Marian estaba emocionada por conocer ese otro mundo del que apenas tenía recuerdos. Sin embargo, pronto descubrió que allí las cosas eran distintas. Las calles eran grises, llenas de gente que caminaba con prisa. En la escuela, sus compañeras la miraban raro cuando prefería correr detrás de un balón en lugar de jugar con muñecas. “¿Por qué no te gusta ponerte falda?” “¿No quieres arreglarte un poco más?” “Eso no es muy de niñas”, le decían. Pero Marian no entendía por qué tenía que cambiar. No solo era el fútbol o la ropa. Marian también sentía que era diferente en algo más profundo. Mientras las demás hablaban de los chicos que les gustaban, ella se quedaba en silencio. No porque no sintiera nada, sino porque lo que sentía era distinto. Se sentía sola. En casa, la sensación de no encajar se hacía aún más grande. Sus padres eran muy religiosos y conservadores, y sus ideas chocaban con la forma en que Marian veía el mundo. Sabía que allí no encontraría respuestas, pero sí encontró algo que la impulsaría a cambiar las cosas: la certeza de que no quería que nadie más se sintiera como ella se había sentido. Decidió que sería profesora. No una profesora cualquiera, sino una que enseñara de otra manera, que hiciera del aula un lugar donde nadie tuviera que ocultarse ni sentirse diferente por ser quien era. Se hizo COEDUCADORA. Con el tiempo, Marian llevó su lucha más allá de las aulas. No solo enseñaba lengua o literatura, sino que llevaba el feminismo a cada rincón, a cada clase, a cada conversación con su alumnado. Se formó, estudió, aprendió de las mejores feministas y se convirtió en lo que es, entre otras cosas hoy: en una voz imprescindible en la coeducación. A lo largo de los años, trabajó en proyectos que cambiaron vidas, escribió planes de igualdad, formó a cientos de docentes y recibió premios que reconocían su labor, como el premio UNESCO a la educación de las niñas, o el Premio Menina de la Delegación del Gobierno de Asturias, entre muchos otros. Pero lo que más le importaba no eran los premios, sino las pequeñas victorias: la alumna que dejaba de sentirse sola, el alumno que aprendía a cuestionar lo que le habían enseñado sobre lo que significa ser hombre o mujer, la risa de alguien que, por fin, se sentía libre. Porque Marian sabía que la mayor revolución de una mujer es su felicidad. Y su mensaje era claro: “Sé feliz y desobedece. Es la única manera de ser libre”. |